Observamos en nuestras sociedades una cierta insatisfacción sorda y camuflada. En el fondo, deseamos algo más que la mera vida, por grandes que sean sus promesas, sus atracciones y distracciones. No queremos sólo ser ricos y estimados; queremos amar y ser amados, deseamos ser lo más importante para alguien y acoger a otro alegremente en el corazón. Toda la existencia humana es un grito hacia un tú,[1] es una búsqueda del otro. Por la misma constitución de nuestra naturaleza tenemos la vocación de ser amantes, en el sentido más pleno y profundo de la palabra.[2] El hombre no puede vivir sin amor destaca el Papa Juan Pablo II. Permanece para mismo un ser incomprensible; su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente.[3] El cristiano es aquel que ha encontrado el amor de su vida. Comprende que Dios mismo quiere colmar sus necesidades más vitales, y le invita a una íntima amistad con Él. Se da cuenta de que Dios es Amor[4], es el gran Amante, el primer Amante, que dijo al comienzo de su vida: Yo quiero que seas; es bueno, muy bueno que existas... Qué maravilloso que estés en el mundo.[5] Por eso, puede exclamar Juan Pablo II: ¡El hombre es amado por Dios! Éste es el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre.[6] Es un mensaje que estamos llamados a acoger y gritar a nuestros contemporáneos.[7] Entrar en la escuela de María Sin embargo, cabe preguntarse: ¿cómo podemos corresponder a ese gran amor divino? ¿Cómo podemos amar con un corazón puro, que no defrauda ni traiciona? Para aprenderlo, es preciso acudir a las personas que lo han conseguido en su vida, y que ya están eternamente unidas a Cristo. Así, la mirada del creyente se dirige espontáneamente a la Virgen María, a la llena de gracia,[8] la más bella de todas las criaturas. María es bella porque es amada; y es de aquella hermosura que llamamos santidad.[9] El esplendor de Dios se refleja en ella. Juan Pablo II afirma que la historia del amor hermoso comienza precisamente con ella,[10] con esta mujer simpática y sencilla que irradia bondad. A través de su fiat, María se ha convertido en Madre de Dios, y el Amor infinito se ha hecho visible en nuestro mundo.[11] En el mismo acto, María se ha convertido también en Madre nuestra, ya que por la gracia somos hermanos de su Hijo divino.[12] Ella nunca ha dicho no al amor y movida por la fuerza del Espíritu ha vivido su vida terrena en Dios y para Dios y, al mismo tiempo, ha tenido desde siempre un amor verdadero, profundo y real a cada uno de los seres humanos. Como una buena madre, la Virgen quiere enseñarnos el arte de amar.[13] Si entramos en su escuela y nos dejamos guiar suavemente por ella, se ensanchará nuestro corazón y nos enamoraremos, cada vez más, de la vida, de los demás y de Dios.[14] Encontrar el amor Para Dios sólo hay hijos únicos. Cada hombre es un agraciado, es un elegido entre millones. El amor divino, como todo amor, es puro regalo, que no podemos ni merecer ni exigir. Estamos hechos para recibirlo de lo alto, estamos llamados a acogerlo agradecidamente y colaborar en su desarrollo.[15] Cabe también rechazarlo, como lo hacen aquellos hombres ambiciosos de los que habla Nietzsche aquellos hombres autosuficientes y cerrados que son rebeldes al amor y no se dejan querer.[16] Aquí se ve que el amor es don y tarea a la vez; y nunca sabremos dónde termina el don y dónde comienza la tarea. Del mismo modo, si remo a favor del viento, no puedo distinguir qué porción de la rapidez se debe a mis brazos y qué porcentaje al empuje del aire. Lo que Dios quiere darnos aclara Juan Pablo II, no son bienes que prometen una vida exitosa y satisfactoria: tan poco no nos ama. Él mismo quiere entrar en nuestro corazón, quiere limpiarnos y renovarnos desde el núcleo más íntimo de nuestro ser, comunicándonos su gracia, que es luz y vida, el comienzo del cielo en la tierra.[17] Si aceptamos el don con la fuerza de la fe, el encanto del amor llega directamente a nuestro alma. Entonces podemos experimentar la alegría de existir y de ser tratados como una excepción. Podemos superar la soledad originaria y radical que sufre cada ser humano.[18] El encuentro con el amor hace a una persona consciente de su propio valor, de su propia belleza, le hace crecer y florecer como se suele decir, de modo que puede responder al otro con toda verdad: Te necesito para ser yo mismo.[19] Cuando oímos decir que una persona es distinta desde que se enamoró, tenemos una guía para comprender lo que puede acontecer a un cristiano: queda marcado por la bondad divina y, por eso, cambia su modo de juzgar y de obrar. El amor afecta todo su ser. Sin embargo, este primer amor deslumbrante debe ser continuamente purificado y cultivado. Para lograr la pureza del corazón, no hacen falta, en primer lugar, muchas acciones exteriores que pueden incluso llegar a agobiar y obsesionarnos. Hay gente que se pasa la vida atentísima a cumplir con sus obligaciones y a luchar tercamente por barrer cada día sus defectos, hasta que comprende que, si se encendiera dentro de su corazón el fuego de un gran amor, todo sería más fácil: el fuego carbonizaría los defectos con gran sencillez. La cuestión no es: ¿Qué puedo hacer por Dios?, sino ¿Cómo me dejo amar por Él?[20] No tenemos que lograrlo todo por nosotros mismos; podemos ser débiles.[21] El hombre no agrada a Dios tanto por sus méritos y virtudes, sino ante todo por la confianza sin límites que pone en Él. De la mano de la Virgen destaca Juan Pablo II descubrimos las lecciones del amor hermoso.[22] Aprendemos que los acontecimientos que vivimos constituyen el lugar de cita con Dios en cada momento. A veces huimos de estas citas, no queremos comprometernos, estamos cansados. Precisamente en estos momentos, María está a nuestro lado: conoce nuestra necesidad, alienta nuestras ilusiones nobles, comprende nuestras flaquezas y escucha nuestras palabras. La Virgen nos ama incondicionalmente tal y como somos, y nos estimula a ser lo que podemos ser. Experimentar la hermosura del mundo Amar significa estar vivo para el bien y experimentar el mundo de un modo más bello y luminoso.[23] Cuando amamos, vemos todo con buenos ojos, y queremos cada cosa como Dios la quiere; más aún, descubrimos las huellas de Dios en cada ser, hasta en una brizna o en un diente de león: Sin ti, un árbol dejaría de serlo; sin ti, nada sería lo que es, dice el poeta.[24] La vida en plenitud no se refiere a la cantidad de experiencias que acumulamos, no se trata de probarlo todo: uno puede ir a mil congresos científicos y conservar un carácter infantil. Por el contrario, otro puede no haber salido nunca de su aldea y llegar a ser un sabio. No se trata de hacer más, sino de ser más: estar realmente presentes, dispuestos a aprender y a crecer. Admirarse cuando salen los primeros crocos en primavera, o cuando se visten de color los bosques en otoño, poner la cara en el viento, saber disfrutar de una canción, de un poema y de la presencia de un amigo. En ocasiones, no se ha entendido bien este gozar de los bienes terrenos. La tradición nos cuenta un episodio de la vida de Petrarca. Este famoso poeta renacentista se encontraba en una ocasión en las altas montañas de Italia y consideró desde allí arriba el grandioso espectáculo que le ofrecían los valles y cuestas florecientes, se quedó entusiasmado de tanta belleza y exclamó: Señor, ¡qué bello es tu mundo! Pero en el mismo momento se asustó, se santiguó y tomó su breviario para rezar. No quería poner su corazón en este paisaje, sino sólo en Dios.[25] No se sabe si esta anécdota es real, o si ha sido elaborada para inculcar a los cristianos de otras épocas un menosprecio a este valle de lágrimas en el que, supuestamente, nos encontramos.[26] En la Sagrada Escritura, sin embargo, se encuentran otros consejos bien distintos: Anda y come tu pan con alegría, y bebe tu vino con buen corazón,[27] se puede leer en el Antiguo Testamento. También Jesucristo disfrutó de la naturaleza y de la arquitectura del templo.[28] Amaba la armonía y la belleza,[29] y prefería que le llamasen un comilón y bebedor antes de ser tomado por un asceta triste.[30] A veces, olvidamos contemplar las cosas bellas. Y, sin embargo, esto es precisamente lo que aprendemos en el trato con María: detenernos y mirar lo que Dios ha hecho. Admirar las obras del Creador.[31] Querer el mundo con pasión.[32] Porque el mundo es el escabel de sus pies.[33] Ver las cosas así es verlas no sólo con una nueva luz, sino también en un nuevo marco: no desde la perspectiva del tiempo, sino desde la eternidad.[34] Si nos encerramos en nuestras propias posibilidades, el gozo más pleno suele mezclarse con la triste experiencia de la fugacidad: todo pasa, todo termina, la vida es un continuo decir adiós. Ciertamente, no podemos eliminar del todo este dolor de la partida, tan propio de nuestra existencia. Pero cuando nos unimos a Dios, participamos de algún modo en su eterno presente: no hay pasado ni futuro en Dios; todo lo que existe, está eternamente albergado en su pensamiento y en su corazón. Así, un momento de nuestra felicidad pasajera está siempre presente al Creador. Por tanto, cuando participamos en la vida divina, disfrutamos, en cierto sentido, de esta permanencia; podemos superar los sinsabores del tiempo y adquirir la paz que el mundo no puede dar. Si todo mi amor en esta tierra es parte de mi amor a Dios, entonces la alegría que tengo no se perderá jamás, ni será afectada por la distancia temporal: porque el eternamente Nuevo vive en mí, y yo en Él.[35] Si aprendiéramos a ver cada cosa, cada acontecimiento, cada momento que pasa, como viviendo siempre en los brazos de Dios, sentiríamos menos tristeza por su caducidad, y nos sería más fácil desprendernos del mundo. Y entonces, paradójicamente, nos sería posible amar de verdad, dejando de lado los propios intereses.
MADRE DEL AMOR HERMOSO

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