1. Necesidad de la oración La oración es la vida del alma, comc el aire es la del cuerpo. Sin oración, nc hay vida cristiana. A un cristiano se lE puede definir como una «persona orante». «Tener fe y no orar es una forma de no tener fe: la fe sin obras es fe muerta; la fe sir oración, también» (F. E RAMOS: El anuncic del evangelio. La evangelización nueva, Naturaleza y Gracia, Vol. XLII, enero-abrí 1994 ,59). Dios nos manda orar: «Sed sobrios y dedicaos a la oración» (1 Pe 4,7). 2. Qué es la oración «Orar» viene del latín «orare», que significa hablar. La oración es un diálogo entre dos personas que hablan, escuchan y responden. Santa Teresa, maestra de oración dice: «Lo primero quiero tratar, según mi pobre entendimiento, en qué está Ia sustancia de la oración. Porque algunos he topado que les parece está todo el negocio en el pensamiento... El aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho» (F 5,2). «No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama» (V 8,5). Como trataba Moisés con Dios: «Cara a cara, como habla un amigo con su amigo» (Ex 33,11). «¿Qué es orar? Es la elevación consciente, libre y amorosa del alma a Dios, hecha fielmente en Jesucristo... es adquirir la conciencia de nuestra vida cristificada en Dios... es llegar en el silencio de mismo y de las cosas al diálogo vivo con El. Diálogo íntimo de a tú, de persona a persona, de corazón a corazón» (B. JIMÉNEZ DUQUE, Teología de la Mística, BAC, Madrid 1963, 359-360). Orar es la celebración de la amistad. Cuando la oración ha llegado a las cotas más altas, a la contemplación, la oración es únicamente «amor en silencio»: «Cuando el alma llega a este estado... hasta el mismo ejercicio de oración... es ejercicio de amor» (San Juan de la Cruz, CB 28,9). La oración nos lleva a la realización de nuestra vocación y de nuestro final feliz: amar y ser amados. 3. La Biblia, el libro de la oración La Biblia es el libro de oración, un diálogo entre Dios y el hombre, en el que Dios se hace presente con palabras y con obras siempre interpelantes, que exigen una respuesta del hombre. Hacer oración es ilustrar nuestra vida con la Biblia, la palabra de Dios, descubrir lo que esa palabra nos dice aquí y ahora. La verdad plena de la Biblia está siempre por descubrir. El Espíritu Santo nos la va revelando en las circunstancias de cada momento y nos garantiza una comprensión actualizada de la misma. «Nosotros no sabemos orar como conviene, pero el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos inenarrables» (Ron 8,26). Jesucristo nos enseñó a orar y el Espíritu Santo nos sigue enseñando: «Orad en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios» (Jds 20). Toda nuestra vida debe ser confrontada con la Biblia, medida de la verdad. «La lectura de la Biblia debe acompañar a la oración, para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues a Dios hablamos cuando oramos y a Dios escuchamos cuando leemos su palabra» (DV 25). Israel fue un pueblo orante que sabía orar y que enseñó a orar al mundo. La historia de Israel viene a ser un diálogo continuado siempre presente en todos los avatares, por los que el pueblo fue pasando. Un Dios que se autorrevela, que habla con el pueblo, que interviene con poder y con amor en la vida del pueblo, al que el pueblo acude para alabarle, suplicarle, darle gracias, protestar incluso, como un hijo hace con su padre. El diálogo entre Dios y el pueblo no se interrumpe nunca. Y eso es justamente la oración. Paradigma de oración es el salterio que pasó a ser oración oficial de la Iglesia. En los salmos aparece la polifacética oración bíblica que abarca la compleja actitud del hombre, que unas veces ofrece y sacrifica, bendice y adora, y otras veces invoca y pide, suplica y se lamenta, llora, protesta y se rebela. Todo eso es oración. El mismo Jesucristo oraba con los salmos (Mt 27,46). 4. Jesús, un hombre de oración Uno de los rasgos más fundamentales de Jesucristo es la oración, hasta el punto que podemos definirle como una «persona orante». Su vida fue una oración continua, en permanente diálogo con el Padre. Oraba por la noche (Lc 6,12), de madrugada (Mc 1,35), en las comidas (Mt 8,6), en momentos importantes de su vida (Mt 4,1-10, Lc 3,21; Lc 6,12; 9,28-29; 11,1; 9,18-20; Jn 6,11; 11,41; 12,27; 17; Mt 26, 39.42.44; 27,46; Lc 22,39-46; 23,34.46). Entraba en la oración sin prisas, se pasaba las noches enteras en oración. Oraba en las sinagogas (Lc 4,16; 6,6; Mt 12,9: Mc 3,1), en el desierto (Mt 4,1-10), en el monte (Lc 6,12; 9,28; Mc 6,46), en lugares solitarios (Lc 5,16; Mc 1,35; Mt 6,46), en el huerto de Getsemaní (Lc 22,39). Prefería orar en soledad, aunque a veces se hacía acompañar de sus más íntimos amigos (Lc 9,28) y casi siempre en lugares secretos (Mt 6,6), al aire libre. Oraba de rodillas (Lc 22,41), tirado de bruces en el suelo (Mt 26,39), con los ojos levantados al cielo (Mc 6,41; 7,34; Mt 14,9; Lc 9,16; Jn 11,41); en la oración se transformaba (Lc 9,29). Oraba por mismo (Mt 26,39; Jn 17,1-5), por sus discípulos (Jn 17,6-19), especialmente por Pedro (Lc 22,32), por sus verdugos (Mt 22,46) y sigue orando en el cielo intercediendo por nosotros (Heb 7,25). Aparte de la oración sacerdotal (Jn 17) y del Padrenuestro (Mt 6,9-13; Lc 11,2-4), los evangelistas recogen sólo tres oraciones de Jesucristo: Lc 10,21 y Mt 11,25-26; Mt 26,39.42.44; Mt 27,46 y Lc 23,34.46. Jesucristo comienza todas sus oraciones con la palabra «Padre», todas menos una, la oración de queja: Mt 27,46. 5. Cómo orar Jesucristo es el maestro de la oración. Los discípulos le preguntaron: «Enséñanos a orar. Y él les dijo: Orad así: Padre nuestro...» (Lc 11,2-4; Mt 6,9-13). Jesucristo no dijo: «Podéis orar así», sino «orad así». Esto significa que el Padre Nuestro es «LA ORACIÓN», la única que puede escribirse con artículo y con mayúsculas. Porque es el modo como hay que orar. No hay otro modo de hacer oración. Las demás oraciones, en tanto son válidas, en cuanto tienen como punto de referencia el Padre Nuestro: «Si oramos recta y congruentemente, nada absolutamente podemos decir que no esté contenido en el Padre Nuestro. Quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica, si no ora ilícitamente, por lo menos hay que decir que ora de manera carnal» (S. AGUSTÍN, Carta a Proba). Cuando Jesucristo oraba, lo hacía con el Padre Nuestro, como lo prueba, por ejemplo, el que el Padre Nuestro esté plenamente contenido en la -•«oración sacerdotal» (Jn 17): Padre Nuestro: 17,1.5.11.21.24.25 La santificación del Nombre: 17,6.1 1.12.17.19.26. Venida del reino: 17,1-5.10.24 En la tierra como en el cielo: 17,4.5.22 No nos dejes caer en la tentación: 17,12 Líbranos del mal: 17,12.15 Cumplimiento de la voluntad de Dios: 17,2.4.6.9.11.12.24 El perdón y el amor: 17,23.26 La unidad, como hijos del mismo Dios: 17,21.23 La oración hay que comenzarla siempre, como Jesucristo, con la palabra «Padre», y con humildad, pues se trata de escuchar a Dios: «Padre, habla, que tu hijo escucha» (1 Sam 3,9-10). Orar no es una charlatanería, es escucha (Mt 6,7). Los paganos, en sus oraciones, fatigaban a los dioses con su palabrería. Esta actitud de humildad está claramente expuesta en la parábola del fariseo y del publicano (Lc 18,10-14). La oración del fariseo representa lo que no debe ser la oración (la soberbia, la auto complacencia), la del publicano es la acertada (humildad, sentimiento de pecado, súplica del perdón). Oración confiada: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado» (Jn 11,41). No hay que insistir en pedir cosas para uno mismo, pues «nuestro Padre conoce lo que necesitáis antes de que le pidáis» (Mt 6,8). Oración solidaria: en ella estamos con Dios desde la unión con los hermanos. El que no se entienda con los hombres, no puede entenderse con Dios. Para tratar de amistad con aquel que es nuestro amigo, hay que ser amigo de los hombres, pues el que no tiene capacidad de amistad, tiene muy poca capacidad de orar: «Cuando os pongáis a orar si tenéis algo contra alguien, perdonádselo, para que también vuestro Padre celestial os perdone vuestros pecados» (Mc 11,25). A la oración hay que ir con las mismas disposiciones que a la Eucaristía (Mt 5,23-24). La oración va unida a los gestos, sobre todo en la oración comunitaria, pero también en la individual. Los judíos normalmente oraban de pie (Lc 18, 11-12) en las sinagogas y en las plazas; también oraban de rodillas (Sal 95,6; Is 45,23; Lc 22,41; He 9,40. 20,36; 21,5) y con los ojos levantados al cielo (Mt 14,19; Mc 6,4 1; 7,34; Jn 11, 41). Los gestos corporales significan que está orando la persona entera, alma y cuerpo. En todo caso, lo importante es orar, de pie, de rodillas, de bruces, sentado, en el suelo, paseando, donde uno se encuentre más a gusto, pues a la oración no vamos a torturarnos, sino a pasarlo bien. 6. Cuándo orar Los judíos lo hacían varías veces al día (He 3,1; 10,3.9.30). Daniel oraba tres al día, de rodillas y mirando hacia Jerusalén (Dan 6,11). Se oraba también por la noche (Sal 119, 55). En tiempos de Jesucristo todos los Judíos tenían que recitar tres veces al día, en privado o en comunidad, las 18 bendiciones; no comían ni bebían sin orar: el vino lo bendecían. Jesucristo nos manda orar en todo momento (Lc 21,36) y lo mismo hace San Pablo (Ef 6,18; 1 Tes 5,17). Hay que procurar vivir en presencia de Dios todo el día y todos los días (Lc 2,75), hacer una oración diluida a lo largo del día que invada nuestra vida y todas nuestras actividades. Los signos de los tiempos son signos manifestativos de la presencia de Dios (SC 53; GS 4; UR 4), nos hacen entrar en oración; esta es la razón para estar en oración constante, pues todo habla de Dios. Tener «espíritu de oración» no es hacer cada día una o dos horas de oración, sino hacer cada día 24 horas de oración. «La oración... que no esté limitada a un tiempo concreto, a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción» (San Juan Crisóstomo). (Los textos de los Santos Padres, cuando no van acompañados de la cita bibliográfica, están tomados generalmente de: El Padrenuestro en la interpretación catequética antigua y moderna, Ed. Sígueme, Salamanca, 1990). 7. Dónde orar En Israel el lugar de oración era el lugar del culto (Gn 12,8; 1 Sam 1,3). «El templo es la casa de oración» (Is 56,7; Mt 21,13; 1 Re 8,27). Los judíos, cuando oraban, levantaban sus brazos hacia el templo (Sal 28,2; 134,2); oraban en los lugares altos (1 Sam 9,12; 1 Re 3,4), junto a una fuente (Gn 23,42-44), en casa (Gn 25,21; Esd 9,5; Tob 3,11-14, Dan 6,11). Jesucristo dice que la oración se haga en secreto (Mt 6,5-6) y en el secreto del alma, oratorio privado de cada uno, morada santa de la Trinidad Augusta (Jn 14,23; SC 12). Pedro oró en la azotea (He 10,9) y Pablo «en la orilla del río, donde estaba el lugar de oración» (He 16,13) y «en la playa del mar» (He 16,13). Lugar apropiado para orar es también tierra adentro: «Aunque los templos y lugares apacibles son delicados y acomodados a la oración... aquel lugar se debe escoger que menos ocupe y lleve tras el sentido... Por eso es bueno lugar solitario y aún áspero, para que el espíritu sólida y derechamentente suba a Dios» (San Juan de la Cruz, S, 3,39,2). 8. Oración litúrgica La oración en común alcanza su calidad más alta en la liturgia, que es una fiesta, la celebración de la alegría, reflejo de la liturgia del cielo, un himno continuado de alabanza al Señor, de gloria, de honor y de acción de gracias (Ap 4,8-11; 7,9-12). La oración de la Eucaristía es «el corazón de la oración cristiana». En ella Cristo es el protagonista, el oferente y el ofrecido, el orante, el que ora al Padre por nosotros; nosotros oramos con él y con los hermanos. El cuerpo físico y el cuerpo místico de Cristo se hacen una misma cosa; el animador de la liturgia es el Espíritu Santo, por lo que la celebramos llenos de amor. En la liturgia de la Iglesia primitiva eran fundamentales estas cuatro cosas: predicación (explicar las Sagradas Escrituras), comunidad (koinonía: todos llevaban algo para repartir a los demás), fracción del pan (comunión, eucaristía), y oraciones (siempre el Padrenuestro y otras oraciones inspiradas en el momento). Santiago une caridad y culto (Sant 1,27). 9. La perseverancia La oración debe ser perseverante, no desfallecer jamás, ni siquiera en la oración de súplica o petición. Aunque no se nos conceda lo pedido, hay que seguir pidiendo, sobre todo en lo que pedimos para los demás (Si 7,10.14; 39,5; Col 4, 2; 1 Tes 5,17; Lc 18, 1; Fip 4,6). Pedir con insistencia como el amigo inoportuno (Lc 11, 5-8) o la viuda insistente (Lc 18,1-5), y con confianza, pedir con fe con la seguridad de que seremos atendidos, porque así nos lo ha prometido Jesucristo (Mt 7,7; Jn 14,14; 15,16; Mt 21,22); pedir en nombre de Jesucristo, es decir, dirigirnos a Dios como a nuestro Padre, y dejarlo luego todo en sus manos (Lc 22,42) La Iglesia primitiva estaba especialmente configurada por estas dos cosas: 1) La unidad de corazones y de vida. 2) La perseverancia en la oración comunitaria. Era, de verdad, una Iglesia comunitaria, pues todo era común, y una Iglesia orante (He 2,44; 1,14; 12,5), pues alimentaba su vida con la oración (He 6,4; 4,24-30; Col 3,16-17; Ef 5,18; Heb 17,15). Oraban sin prisas (He 20,21). Hacer de la vida una oración continuada, diluida a lo largo del día, que nos mantiene, casi sin sentirlo, en continua presencia de Dios, en inseparable compañía con él. 10. Oración comprometida En la oración hablamos distintas lenguas: de alabanza, de adoración, de arrepentimiento, de petición, de acción de gracias, pero la cosa no puede quedarse ahí, hay que traducirlo después a las obras. Y las obras, que hay que hacer, no son otra cosa que cumplir la voluntad de Dios. Una oración únicamente de alabanza no sirve para nada o para muy poco. Obras son amores (ls 29,13; Mt 15,8-9). «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21). Todo esto está claro en la parábola de los dos hijos desiguales (Mt 21,28-32): el obediente desobediente y el desobediente obediente. El padre los manda a trabajar a la viña. El primero dice que y luego no va, el segundo dice que no y luego va. En el primero están representados los fariseos, hombres de oración, los que rezan mucho, los que alaban mucho a Dios y luego hacen todo lo contrario de lo que dicen, «dicen y no hacen» (Mt 23,15), dicen «sí señor» y es «no señor». En el segundo están representados los publicanos, las prostitutas, los pecadores, los que no rezan que, aun sin saberlo, cumplen la voluntad de Dios. Son los que dicen «no señor» y luego es «sí señor». De éstos dice Jesucristo: «Los publicanos y las prostitutas entrarán en el reino de Dios antes que vosotros» (Mt 21,31). La oración nos debe llevar a adquirir compromisos de solidaridad con los hermanos. La oración, por muy alta y contemplativa que sea, si no tiene proyección fraterna, es una oración falsa; si no aterriza en las realidades de la vida social, es una pura evasión, que se queda entre las nubes, una oración que se esfuma y se evapora sin dar el fruto deseado. 11. Los cinco pasos He aquí los cinco pasos que hay que dar en la oración: Lectio, Meditatio, Oratio, Contemplatio, Actio. 1°) Lectio: lectura, leer. Hacer de la Palabra de Dios una lectura inteligente. Hay que captar el sentido literal histórico y espiritual del texto sagrado. Para ello hay que emplear las técnicas de la hermenéutica bíblica; se trata, en parte notable, de una labor de estudio. A este paso lo llamamos palabra comprendida. 2°) Meditatio: Reflexionar. La palabra comprendida debe ser asimilada y encarnada en la propia vida. Para que así sea, hay que reflexionar sobre ella, profundizar en su sentido, analizar, examinar la palabra desde las realidades, que nos es dado vivir. Se trata de confrontar la palabra con mi vida y con la de los demás, de hacer hablar a la palabra desde todas las perspectivas humanas y espirituales y ver cuál es la respuesta justa que esa palabra nos ofrece. A esto lo llamamos palabra confrontada. 3°) Oratio: Oración. Una vez comprendido y confrontado el texto, obra fundamentalmente de la cabeza, hay que orar con el texto, obra fundamentalmente del corazón. Hay que poner a funcionar el corazón, hablar con Dios, encarnar en la propia vida el significado del texto. A esto lo llamamos palabra digerida. 4°) Contemplatio: Contemplación, oración de quietud. Dejarse inundar por el contenido de la palabra. No hay que discurrir con la cabeza, ni hablar con el corazón, hay que abrir las puertas del alma, para que la palabra, cual agua suave y temporal, nos vaya calando y recalando hasta empaparnos y anegarnos por completo. Es un momento, un rato, las horas muertas, el tiempo que sea, en estado de quietud absoluta bajo el influjo del Espíritu Santo. Es la obra de Dios en nosotros, en la que se realiza nuestra unión con él. A esto lo llamamos palabra encarnada. La palabra es ya carne nuestra, es nuestra misma vida. 5°) Actio: Acción, obras, se tata de traducir el encuentro con Dios en obras de amor y solidaridad para con los prójimos. «La lectura lleva alimento sólido a la boca, la meditación lo parte y lo mastica, la oración lo saborea, la contemplación es la misma dulzura que da gozo y recrea». En esto consiste la «Iectio divina», pero esta «Iectio»», sin la «actio» está gravemente mutilada, hay que añadir el quinto paso. Santa Teresa habla también de cuatro pasos o grados de oración que expone con la metáfora de regar el huerto del alma y que van desde los principios trabajosos de hacer oración hasta las gozosas cumbres de la misma. 1°) Agua de pozo: «De los que comienzan a hacer oración, podemos decir son los que sacan el agua del pozo, que es muy a su trabajo» (V 11,9). Esto es meditación. 2°) Agua de noria: «Digamos ahora el segundo modo de sacar el agua que el Señor del huerto ordenó para que con artificio y arcaduces sacase el hortelano más agua, y a menos trabajo y pudiese descansar sin estar continuo trabajando» (V 14,1). Esto es oración de quietud. 3°) Agua de río: «La tercera agua con que se riega esta huerta es agua corriente de río o de fuente, que se riega muy a menos trabajo, aunque alguno da el encaminar el agua» (V16, 1), A esto se llama, unión de amor. 4°) Agua de lluvia: «Agua que viene del cielo para con su abundancia henchir y hartar todo este huerto de agua..., esta agua viene muchas veces cuando más descuidado está el hortelano» (V 18,9). Esto es arrobamiento. ->padrenuestro. BIBL. - A. GONZÁLEZ NUÑEZ, La Oración en la Biblia, Cristiandad, Madrid, 1968; J. M. COMBLIN, La Oración de jesús, Sal Terrae, Santander, 1968; J. JEREMÍAS, ABBA, Sígueme, Salamanca,1981; X. PIKAZA, Para vivir la oración cristiana, Verbo Divino, Estella, 1989; J. ALCÁZAR GODOY, La Oración, Escuela de amor, San Pablo, Madrid, 1995; SANTA TERESA DE JEsús, El libro de la vida, cap.11-21.

CONTACTO

Plaza de San Lorenzo, 5 | CÓRDOBA 14002 Teléfono: (957) 47 62 49| Email: sanlorenzomartir.cordoba@gmail.com
Copyright © 2020 Real parroquia San Lorenzo Mártir de Córdoba
¿QUÉ ES LA ORACIÓN?