« Yo soy el Señor tu Dios »

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X MANDAMIENTO

No codiciarás los bienes ajenos

IX MANDAMIENTO

No consentirás pensamientos ni deseos impuros

VIII MANDAMIENTO

No darás falso testimonio ni mentirás

VII MANDAMIENTO

No robarás

VI MANDAMIENTO

No cometerás actos impuros

I MANDAMIENTO

Amarás a Dios sobre todas las cosas

II MANDAMIENTO

No tomarás el nombre de Dios en vano

III MANDAMIENTO

Santificarás las fiestas

IV MANDAMIENTO

Honrarás a tu padre y a tu madre

V MANDAMIENTO

No matarás

Los

Diez

Mandamientos

o

Decálogo

son

las

«diez

palabras»

que

recogen

la

Ley

dada

por

Dios

al

pueblo

de

Israel

durante

la

Alianza

hecha

por

medio

de

Moisés

(Ex

34,

28).

El

Decálogo,

al

presentar

los

mandamientos

del

amor

a

Dios

(los

tres

primeros)

y

al

prójimo

(los

otros

siete),

traza,

para

el

pueblo

elegido y para cada uno en particular, el camino de una vida liberada de la esclavitud del pecado

.

La división y numeración de los mandamientos ha variado en el curso de la historia. El actual catecismo de la Iglesia sigue la división de los mandamientos establecida por San Agustín y que ha llegado a ser tradicional en la Iglesia católica. Es también la de las confesiones luteranas. Los Padres griegos hicieron una división algo distinta que se usa en las Iglesias ortodoxas y las comunidades reformadas. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2066) Los diez mandamientos, en su contenido fundamental, enuncian obligaciones para todos los hombres, ya que manifiestan la conducta digna del hombre. Los cristianos al conocerlos sin error, por el magisterio de la Iglesia, deben obedecerlos y vivirlos. La obediencia a estos preceptos es grave pero implica también obligaciones cuya materia es, en sí misma, leve. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2081) Aunque a veces pueda parecer difícil vivirlos, hay que tener en cuenta que Dios hace posible por su gracia lo que manda. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2082) Los diez mandamientos pertenecen a la revelación de Dios y nos enseñan la verdadera humanidad del hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto indirectamente, los derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona humana. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la “ley natural”: «Desde el comienzo, Dios había puesto en el corazón de los hombres los preceptos de la ley natural. Primeramente se contentó con recordárselos. Esto fue el Decálogo, el cual, si alguien no lo guarda, no tendrá la salvación, y no les exigió nada más» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 15, 1). (Catecismo de la Iglesia Católica, 2070) Aunque accesibles a la sola razón, los preceptos del Decálogo han sido revelados. Para alcanzar un conocimiento completo y cierto de las exigencias de la ley natural, la humanidad herida por el pecado, con dificultad para alcanzar la verdad y el bien, necesitaba esta revelación: «En el estado de pecado, una explicación plena de los mandamientos del Decálogo resultó necesaria a causa del oscurecimiento de la luz de la razón y de la desviación de la voluntad» (San Buenaventura, In quattuor libros Sententiarum, 3, 37, 1, 3). Conocemos los mandamientos de la ley de Dios por la revelación divina que nos es propuesta en la Iglesia, y por la voz de la conciencia moral. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2071)