Florence Nightingale nació en 1820 en una familia británica de clase alta. Aprendió música, italiano, latín, griego, filosofía, historia, literatura y matemáticas. Se familiarizó con los clásicos y aprendió varios idiomas. Durante la Guerra de Crimea de 1853, el Gobierno británico pidió a Florence que supervisara el papel de las enfermeras allí. Las condiciones sanitarias eran deficientes, y los soldados tenían una probabilidad siete veces mayor de morir en el hospital por enfermedades que en el frente de batalla. Florence consiguió que los enfermos estuvieran atendidos las 24 horas. Usó la información que iba recogiendo para analizarla estadísticamente y crear más tarde su Diagrama de Área Polar. Realizaba rondas a la luz de un candil, por lo que la llamaron «La Dama de la Lámpara». En 1860 Florence inauguró la Escuela de Entrenamiento Nightingale para enfermeras. Señaló cinco puntos esenciales para asegurar la salubridad de las viviendas: aire puro, agua pura, desagües eficaces, limpieza y luz. Recibió la Real Cruz Roja otorgada por la reina Victoria, y la Orden del Mérito del Reino Unido, siendo la primera mujer en obtenerla, así como también la primera mujer admitida en la Royal Statistical Society británica. Murió en 1910. La Dama de la Lámpara, Florence Nightingale En la estricta Inglaterra victoriana, donde no se tenía en cuenta a la mujer fuera de su hogar, una joven renunció a su futuro en la clase alta británica para convertirse en la enfermera, educadora y estadística que acabaría reformando el sistema sanitario, al crear el primer modelo conceptual de enfermería. El ambiente social en el que se desarrolla la vida de Florence Nightingale estaba mediatizado no solo por las rígidas costumbres de clases, sino por la modificación social y demográfica proveniente de la Revolución Industrial, que se inició en Inglaterra a mediados del siglo XVIII. Al cambiar las condiciones de producción y consumo de bienes, la industrialización de la agricultura, la creación de fábricas y el desarrollo del comercio, se produjo un enriquecimiento espectacular de algunos sectores de la población, un gran crecimiento demográfico y un importante desarrollo urbano. Una de las consecuencias de esta nueva situación social fue la aparición de barrios obreros en las ciudades, en los que las condiciones de higiene eran prácticamente inexistentes y las enfermedades contagiosas vieron disparada su prevalencia. Si a esto le añadimos la decadente situación de los hospitales, nos encontramos un contexto histórico en el que hacía mucha falta la aparición de la figura de Florence Nightingale, que abrió una puerta a la mejora sanitaria hasta la llegada de la «Seguridad Social». Florence Nightingale nació el 12 de mayo de 1820 en una familia británica de clase alta en Villa Colombaia (Florencia), aunque se crió en Derbyshire, Inglaterra. Sus padres, William Edward Nightingale y Frances Smith, un matrimonio inglés protestante y acomodado, habían viajado por Europa y, establecidos temporalmente en Italia, pusieron a su segunda hija el nombre de su ciudad natal, al igual que habían hecho con su hermana mayor, Frances Parthenope. Fueron precisamente los viajes que realizaba la familia por toda Europa los que le permitieron aprender distintos idiomas. La infancia de Florence transcurrió tranquila en la campiña inglesa, donde una institutriz se hizo cargo de la educación de las hermanas hasta que su padre, educado en la Universidad de Cambridge, asumió personalmente su formación. En aquellos días, las mujeres de la clase aristocrática ni asistían a las universidades ni pretendían llevar carreras profesionales; su propósito en la vida era casarse y criar a sus hijos, pero William Edward Nightingale fue un hombre de ideas progresistas en lo referente a la educación de la mujer, y él personalmente enseñó a sus hijas música, italiano, latín, griego, filosofía, historia, literatura y matemáticas. Bajo la tutela de su padre, Florence se familiarizó con los clásicos: Euclides, Aristóteles, la Biblia…, y con diversos temas políticos. De hecho, durante los últimos años de su vida, Florence prestó una valiosa ayuda a Benjamin Jowett en la traducción de los Diálogos de Platón, lo que muestra la amplitud de su erudición. Parthenope se interesaba sobre todo por el dibujo, y Florence siempre tuvo afición por las matemáticas, pero su madre no aprobaba esta idea. Aunque William amaba los números y había legado ese amor a su hija, la exhortó a que siguiera estudiando temas más apropiados para una mujer. No obstante, gracias a su perseverancia y después de muchas batallas, sus padres cedieron y comenzó su aprendizaje. Se dice que fue la alumna más destacada de Sylvester quien, junto con Cayley, desarrolló la teoría de invariantes, y cuyas lecciones incluían aritmética, geometría y álgebra. Otro de los científicos que influyó mucho en el pensamiento de Florence Nightingale fue el belga Quetelet, que había aplicado métodos estadísticos a varios campos, como las estadísticas morales o ciencias sociales. Conmovida por una profunda fe en la religión anglicana, Florence vivió una inusual experiencia el 7 de febrero de 1837, como relata en sus diarios. Mientras paseaba por Embley Park, creyó escuchar una llamada de Dios e, inspirada por ella, anunció su decisión de dedicarse a la enfermería, una decisión muy controvertida en una época en la que el rol femenino de la clase acomodada (callado, sumiso, obediente y religioso) consistía apenas en ser esposa y madre. Con diecisiete años, empezó a visitar las viviendas de enfermos pobres tratando de ayudarlos a mitigar sus dolores, pero su conocimiento de la enfermería por aquel entonces se reducía al cuidado de familiares enfermos, pues no encontró apoyo ni formación en su entorno, ya que la enfermería no era una profesión conveniente para una mujer de la alta sociedad. Curiosamente, la mayor oposición que encontró Florence vino de la mano de las otras dos mujeres de la familia, su madre y su hermana, que buscaban para ella un futuro muy distinto: casarse, tener hijos y convertirse en una gran dama inglesa. Sin embargo, Florence estaba decidida a dedicarse la enfermería, por lo que en 1844, con veinticuatro años, pidió consejo al Dr. Samuel Gridley Howe, pionero en la enseñanza para ciegos y amigo de sus padres, que la animó a perseverar en su vocación a pesar de la oposición familiar. Por otra parte, Alex Attewell hace hincapié en la influencia de Florence Nightingale como educadora desde 1848 en Londres, cuando tuvo la oportunidad de enseñar durante varios meses a los niños pobres (sus «ladronzuelos», como los llamaba) de la Ragged School de Westminster. Esta experiencia le abrió los ojos ante el fenómeno de la pobreza, y adquirió la certeza de que podía ser útil pero, una vez más, se enfrentó a los reparos de su familia: «Si pudiéramos ser educados dejando al margen lo que la gente piense o deje de pensar, y teniendo en cuenta solo lo que en principio es bueno o malo, ¡qué diferente sería todo!» (Florence Nightingale). Finalmente, renunció a la proposición de matrimonio del político y poeta Richard Monckton Milnes y comenzó un peregrinaje por Europa y Egipto, gracias al cual conoció a algunas personas de renombre, como Sidney Herbert (joven político cuya amistad sería decisiva gracias al apoyo que le brindaría años más tarde desde su cargo de Secretario de Guerra), y visitó diferentes hospitales en los que aprendió distintas metodologías y procedimientos de enfermería. Este aprendizaje lo describe ella misma. Sus pensamientos, recogidos en Egipto, Tebas y El Cairo, son testimonio no solo de su iniciación en el mundo de la enfermería, sino de la progresiva adquisición de una filosofía de vida muy profunda y espiritual. Un ejemplo lo vemos en unas palabras suyas escritas en El Cairo y que hacían referencia a la llamada, que había interpretado como divina, en Embley Park: «Dios me llamó en la mañana y me preguntó si haría el bien en su nombre, sin buscar reputación». En 1850 ingresó como enfermera en el Instituto de San Vicente de Paúl en Alejandría, una institución católica; y posteriormente, en el viaje de regreso, de paso por Alemania, visitó Kaiserswerth, cerca de Düsseldorf, lugar en el que el pastor Theodor Fliedner había fundado en 1836 un hospital que era, además, orfanato y escuela. El personal de la institución estaba compuesto por diaconisas formadas por Fliedner y su esposa Caroline. Florence demostró ser una alumna capacitada, y al cabo de tres meses de formación, el pastor Fliedner le sugirió que publicara un relato sobre la vida en Kaiserswerth. Ella, deseosa de dar a conocer aquel sitio como un lugar en el que las mujeres podían recibir una educación útil, publicó anónimamente La Institución de Kaiserswerth del Rin para el Entrenamiento Práctico de Diaconisas, un opúsculo que comienza con una crítica a la educación que se impartía entonces a las mujeres: «(…) aunque desde el punto de vista intelectual se ha dado un paso adelante, desde el punto de vista práctico no se ha progresado. La mujer está en desequilibrio. Su educación para la acción no va al mismo ritmo que su enriquecimiento intelectual». Entre 1851 y 1854, Nightingale completó la instrucción práctica que había adquirido en Kaiserswerth, visitando otros hospitales de Gran Bretaña y de Europa, como el Instituto Alemán para Diaconisas Protestantes en Dusseldorf, donde recibió formación médica durante cuatro meses; o el Hospital Dieû en Saint Germain, cerca de París, dirigido por las Hermanas de la Caridad. En 1853, cuando visitó el Hospital Lariboisière en París, quedó impresionada por sus pabellones y sus salas diseñadas para recibir luz y el aire fresco, al tiempo que permitían que los «efluvios malignos» o «miasmas» pudieran disiparse entre los largos y estrechos bloques. Su estudio sobre la disminución de la mortalidad en Lariboisière contribuyó a la «teoría de los miasmas», que sostenía que la enfermedad surgía espontáneamente en los espacios sucios y cerrados. Sin embargo, Florence se distingue de los partidarios de esta teoría por la conexión que establece entre sus ideas científicas y las religiosas. Para ella, Dios había creado la enfermedad para que el hombre pudiera conocer sus causas a través de la observación y prevenir así su reaparición mediante la organización del entorno. Creía, por consiguiente, que las enfermeras, al encargarse de la higiene, tenían una oportunidad única para progresar espiritualmente, para descubrir la naturaleza de Dios mediante el aprendizaje de sus «leyes de la salud». Un poco más tarde, en 1858, Louis Pasteur descubrió los «gérmenes» y probó que la enfermedad no aparecía espontáneamente, pero, aunque esto demostraba que las premisas de Florence eran erróneas, sus conclusiones eran correctas y sus reformas eran válidas. Toda la experiencia adquirida durante ese tiempo le sirvió para obtener tres años después, el 22 de agosto de 1853, el puesto de superintendente en el Instituto para el Cuidado de Señoras Enfermas, situado en Upper Harley Street, en el West End de Londres, cargo que asumió hasta su marcha a Crimea en octubre de 1854. Aquel lugar era más bien una casa que tenía que convertirse en hospital, y para ello planificó hasta el más mínimo detalle: agua caliente, ascensores para transportar la comida, timbres para llamar a las enfermeras, limpieza… Los principales impedimentos fueron la carencia de enfermeras competentes y lo desproporcionado que le parecía a la junta administradora su presupuesto. Sin embargo, el hospital empezó a funcionar y Florence Nightingale entró a formar parte de una minoría femenina que lucharía por los derechos de la mujer. Ya en marzo de ese año, tras un periodo de conflicto entre Rusia y la alianza formada por Francia, Gran Bretaña y el Imperio otomano, esta le había declarado formalmente la guerra al imperio de los Romanov. Se iniciaba entonces la Guerra de Crimea. Aunque Rusia fue derrotada en la batalla del río Alma el 20 de septiembre de 1854, el periódico The Times criticó las instalaciones médicas británicas, pues durante el conflicto fueron muchas las bajas producidas entre los soldados ingleses, que se debían principalmente a la falta de recursos sanitarios en la zona. En ese momento, Sidney Herbert, ya Secretario de Guerra británico, pidió a Florence que se desplazara a Scutari y supervisara el papel de las enfermeras de la zona bajo el cargo de Superintendente del Sistema de Enfermeras de los Hospitales Generales Ingleses en Turquía. De este modo, el 21 de octubre de 1854, Florence Nightingale viajó hacia Constantinopla con otras 38 enfermeras voluntarias que la ayudaron a crear varios departamentos de enfermería en el actual distrito de Üsküdar. Allí encontraron un saturado equipo de médicos que no podía dar ni el tratamiento ni la alimentación adecuada a los soldados heridos, lo que además importaba poco o nada a los oficiales. Las condiciones sanitarias eran muy deficientes: suministros escasos, falta de ventilación, carencia de desagües sanitarios, hacinamiento, mala higiene… Esto provocaba la expansión letal de infecciones como el cólera y el tifus, de modo que los enfermos tenían una probabilidad siete veces mayor de morir en el hospital por estas enfermedades que en el frente de batalla. Junto con su equipo, Florence realizó una labor muy importante en el hospital de Barrack, donde consiguió que los enfermos estuvieran atendidos las 24 horas del día, para lo que organizó turnos, encargándose ella misma de supervisar el trabajo tanto de día como de noche. Con mucho esfuerzo se hicieron posibles algunas mejoras, como el saneamiento del agua tanto para beber como para curar, la instauración de algunas nociones de asepsia a la *hora de curar (desechando los útiles de curación), el montaje de una cocina preparada para dar comida a 800 hombres heridos y una lavandería en donde se desinfectaba la ropa de los pacientes, la limpieza de los vertederos de la zona, y la mejora de la iluminación y la ventilación en las habitaciones. Nightingale usó toda la información que iba recogiendo durante la guerra para analizarla estadísticamente y crear más tarde su Diagrama de Área Polar. Calculó para los soldados una tasa de mortalidad de 1.174 por cada 10.000, de los cuales 1.023 de cada 10.000 se debían a enfermedades infecciosas. Sin embargo, gracias a todas sus medidas, la tasa de mortalidad de los soldados comenzó a disminuir: en febrero de 1855 había caído del 60% al 42,7%. Y para la primavera siguiente, por el establecimiento de una fuente de agua potable, así como la inversión de su propio dinero en fruta, vegetales y equipamiento hospitalario, la tasa había decrecido otro 2,2%. Por otra parte, como muchos de sus contemporáneos, Florence era consciente de los efectos debilitantes que el alcohol y la prostitución tenían sobre el ejército, pero iba más allá, pues creía que aquello era achacable al entorno más que a la naturaleza del soldado. «Nunca he podido compartir el prejuicio sobre la indolencia, la sensualidad y la ineptitud del soldado. Al contrario, […] nunca he conocido a una gente tan receptiva y atenta como la del ejército. Si se les ofrece la oportunidad de enviar dinero a casa […] lo harán. Si se les ofrece una escuela, asistirán a clase. Si se les ofrece un libro, un juego y una linterna mágica, dejarán de beber» (Florence Nightingale). Por ello Florence Nightingale utilizó su influencia para abogar por la educación de los soldados británicos y de los médicos militares. A pesar de que las órdenes que recibió antes de ir a Crimea limitaban sus competencias, Florence se atrevió a señalar la falta de experiencia de los jóvenes cirujanos y propuso que recibieran lecciones sobre patología sin esperar a que acabara el conflicto. De hecho, y como resultado de su sugerencia, se instaló durante algún tiempo un laboratorio de patología en Scutari. Además, Florence elaboró planes para la educación médica militar en sus Notas sobre cuestiones relativas a la sanidad, la eficacia y la administración de los hospitales en el Ejército británico, publicadas en 1858, donde demostraba su interés por la educación no solo de los médicos militares sino de las tropas. El éxito de las salas de lectura de Scutari alentó a Florence Nightingale después de la guerra a promover, con cierto éxito, la creación de salas similares en cuarteles más grandes. Trabajadora incansable, Florence se dedicó en cuerpo y alma a sus enfermos, a los que no dejaba ni durante la noche, realizando rondas a la luz de un candil, fue la anécdota que le valió el apodo de «La Dama de la Lámpara». «Cuando todos los oficiales médicos se han retirado ya y el silencio y la oscuridad descienden sobre tantos postrados dolientes, puede observársela sola, con una pequeña lámpara en su mano, efectuando sus solitarias rondas» (The Times, 8 de febrero de 1855). En este poema de Henry Wadsworth Longfellow podemos ver la conmovedora y maravillosa actitud de Florence Nightingale durante la guerra de Crimea. Los heridos en la batalla, / en lúgubres hospitales de dolor; / los tristes corredores, los fríos suelos de piedra. / ¡Mirad! En aquella casa de aflicción / veo una dama con una lámpara. Pasa a través de las vacilantes tinieblas y se desliza de sala en sala../ Y lentamente, como en un sueño de felicidad, el mudo paciente se vuelve a besar / su sombra, cuando se proyecta en las oscuras paredes. Concluida la guerra, al volver de Crimea, Florence pudo haber ocupado un puesto de responsabilidad como enfermera jefe de algún importante hospital o como supervisora de la formación de enfermeras, pero prefirió retirarse de la vida pública y utilizar su prestigio para apoyar y promover proyectos reformadores y educativos. Conmovida por la situación de los soldados y convencida de que fallecían debido a las deplorables condiciones sanitarias, contribuyó de modo decisivo a la creación de la Comisión Real para la Salud en el Ejército en 1857. Con Sidney Herbert como presidente de la misma y con una mayoría de partidarios en la junta, Nightingale se dedicó a ordenar sus pruebas sobre la mala administración de los hospitales y a reunir estadísticas de mortalidad, entre las que incluyó los datos recogidos en Crimea. Fue una innovadora en la recolección, tabulación, interpretación y presentación gráfica de las estadísticas descriptivas relacionadas con la enfermería, demostrando cómo la estadística proporciona un marco de organización que permite controlar, aprender y mejorar las prácticas quirúrgicas y médicas. Uno de los grandes aportes que hizo a la organización del trabajo sanitario fue el desarrollo de la fórmula de modelo de estadística hospitalaria, para que los hospitales recolectaran estadísticas fiables de la natalidad, la morbilidad y sus causas. Llegó a convertirse en una pionera en el uso de representaciones visuales de la información y en gráficos estadísticos, inventando incluso un sistema de logaritmos, base principal del estudio estadístico que sirve para representar numéricamente un fenómeno social, y el sistema de representación gráfica de datos denominado el diagrama de área polar o diagrama de la rosa de Nightingale. Finalmente, presentó un diagrama de las causas de mortalidad del Ejército en el este a la Comisión Real, lo que llevó a crear el primer hospital diseñado teniendo en cuenta las especificaciones sanitarias recogidas por ella misma durante la guerra: el Hospital Real Buckinghamshire. La estancia de Florence en Crimea no solo le supuso su reconocimiento mundial como enfermera, sino el reconocimiento público de la profesión, y la recaudación de una importante suma económica que, aunque en un principio iba a servir para homenajearla con una obra de arte, tuvo tanto éxito que se dedicó a dar vida al Fondo Nightingale para la formación de enfermeras. Este fondo, que contaba con Sidney Herbert como secretario y el duque de Cambridge como presidente, permitió que el 9 de julio de 1860 Florence inaugurase la Escuela de Entrenamiento Nightingale para enfermeras en el hospital Saint Thomas, con diez estudiantes bajo el mando de la Sra. Androper. Para Florence era importante la educación y, sobre todo, la educación práctica. En uno de sus trabajos, ella misma citó una frase de una conferencia sobre educación dictada en las universidades de St. Andrew y de Glasgow, mostrándonos su punto de vista al respecto: «[…] educar no es enseñar al hombre a saber, sino a hacer». La idea de formar enfermeras no era nueva. Como hemos visto, la misma Nightingale había seguido un proceso de formación, y en Gran Bretaña existían algunos centros, como St. John’s House, donde una hermandad anglicana formaba a mujeres para cuidar enfermos pobres. Sin embargo, todas ellas eran instituciones de carácter religioso, y la escuela creada por Florence, actualmente conocida como Escuela Florence Nightingale de Enfermería y Partería, fue la primera escuela de enfermería laica del mundo. La necesidad de que no fuera una institución religiosa la comprendió Florence durante la guerra de Crimea, pues, a pesar de que seis de las enfermeras mejor preparadas que la acompañaron a Constantinopla pertenecían a St. John’s House, y a pesar de la amistad que entabló con Mary Jones, su directora, y con la reverenda madre Clare Moore, Florence supo ver que las diferencias entre católicos y anglicanos podían suponer un problema. Ya en Crimea había aparecido en la prensa el rumor de que algunas enfermeras intentaron convertir a los soldados en sus lechos de muerte, lo que había generado polémica en una sociedad dividida en cuestión de religión. La escuela seguía un régimen de internado, las alumnas vestían un uniforme sencillo y, en su rigurosa selección, el carácter y las cualidades morales de las candidatas cobraban mucho peso. Era una escuela independiente, pero vinculada a un hospital donde se aprendía la formación práctica que, como toda la instrucción recibida en la escuela, corría a cargo de miembros del hospital (monjas y médicos). Además, se consideró esencial que la dirección de la escuela estuviera en manos, no de un médico, sino de una enfermera jefe, de la que dependían las alumnas y que, junto con el personal del hospital, se encargaba de evaluarlas. Las alumnas recibían un salario durante su formación y, al terminarla, debían aceptar un puesto en algún hospital elegido por el Fondo Nightingale, cuya política consistía en enviar grupos de enfermeras que difundieran el sistema Nightingale en otros hospitales, basado en dos principios fundamentales: – El primero hacía referencia a que las enfermeras debían adquirir experiencia práctica en hospitales organizados especialmente con ese propósito. El segundo era más personal; las enfermeras debían vivir en un hogar adecuado para formar una vida moral y disciplinada. De hecho, el régimen de internado permitía que la escuela proporcionase ese hogar a sus alumnas. Con la fundación de esta escuela, Nightingale había logrado transformar la mala fama de la enfermería en una carrera respetable para las mujeres. En 1882 escribió dos artículos para el Quain’s Dictionary of Medicine titulados «Formación de las enfermeras» y «Cómo cuidar al enfermo». Fue en el primero en el que presentó por primera vez los requisitos que debía cumplir una escuela ideal de enfermeras, a partir de la experiencia de la Escuela de Entrenamiento Nightingale. Por otra parte, es importante comprender el concepto que Florence tenía de los estados de enfermedad y salud para entender sus enfoques en enfermería. Definía la enfermedad como el camino que utiliza la naturaleza para desembarazarse de los efectos o condiciones que han interferido en la salud. Y definía la salud diciendo que no solamente era estar bien, sino ser capaz de usar bien toda la energía que poseemos. La enfermería, entonces, no solo consistía en ayudar al paciente que enfermó, sino en ayudar al sano a mantener su estado de salud. Algunos autores aseguran que el contacto que tuvo Florence con Charles Dickens influyó en su definición de enfermería y sanidad, así como en la teoría de la enfermería que Nightingale desarrolló, pues era evidente la crítica que Dickens hacía sobre la sanidad y la enfermería en la época victoriana. Relaciones similares con algunos líderes políticos, intelectuales y reformadores sociales del momento, como John Stuart Mill, Benjamin Jowett y Harriet Marineau, también ayudaron a desarrollar el pensamiento filosófico y lógico de Nightingale. El objetivo fundamental de su modelo sanitario era conservar la energía vital del paciente y, considerando la acción que ejerce la naturaleza sobre los individuos, disponerlo en las mejores condiciones posibles para que esta actuase sobre él. Su teoría se centró en el medio ambiente, asegurando que un entorno saludable era necesario para aplicar unos óptimos cuidados de enfermería. Afirmó que hay cinco puntos esenciales para asegurar la salubridad de las viviendas: aire puro, agua pura, desagües eficaces, limpieza y luz. Su modelo consideraba la enfermería casi como una vocación religiosa cuyos puntos fuertes fueron la educación, la experiencia y la observación, ya que Florence Nightingale consideraba que nunca se le había enseñado nada sobre la naturaleza de la enfermedad, sino que todo lo que había aprendido lo había hecho a través de la experiencia, la observación y la reflexión, de modo que al intentar educar a sus alumnas quiso reproducir las condiciones en las que ella había aprendido la realidad de la enfermedad. Su teoría de la enfermería se basaba en cinco componentes fundamentales: El componente biológico, cuya importancia radicaba en entender que la enfermedad puede prevenirse con un entorno adecuado para vivir. El componente psicológico, donde señala que la falta de variedad y el grado de monotonía que se encuentran en el entorno del paciente pueden impedir la curación y llegar a causar procesos patológicos de origen psicológico. El elemento social, consistente en las interacciones personales. Nightingale era consciente de que los pacientes no deben aislarse de los demás. El elemento espiritual, que para Nightingale es el sistema de valores que ayuda en la toma de decisiones que diferencian el bien del mal. La espiritualidad. Es un elemento difícil de evaluar en lo que se refiere a las creencias de Nightingale. Según parece, lo definía atado a un sistema de creencias religiosas, pero no a una religión específica. También parece que Florence cree sólidamente en la naturaleza espiritual de los pacientes, lo cual consideraba muy importante para la atención del mismo. Gracias al entrenamiento de enfermeras para el cuidado de enfermos a domicilio, a partir de 1860 los enfermos más pobres podrían ser cuidados por personal preparado, lo que según algunos sirvió para crear el antecedente del Servicio Nacional de Salud Británico. Muchos años después, descubrimos que Nightingale fue además pionera en una práctica sanitaria muy importante en cualquier sistema sanitario moderno: el lavado de manos. «Toda enfermera debe lavarse las manos cuidadosa y frecuentemente a lo largo de la jornada. Si también se lava la cara, mucho mejor». Como refleja Attewell, es importante destacar que, aunque los inicios de la Escuela no fueron fáciles, su prestigio fue aumentando a medida que quedaba patente la calidad de la preparación de sus enfermeras. Con su profesionalización, Florence consiguió que en pocos años las enfermeras fueran consideradas como una parte fundamental de los hospitales, y la enfermería, como una profesión médica con un elevado grado de formación y responsabilidad. Henry Bonham-Carter, primo de Florence y secretario del Fondo Nightingale, en 1887 tuvo la satisfacción de anunciar que 42 hospitales contaban con enfermeras jefes formadas en la Escuela Nightingale, en la que un total de 520 enfermeras habían completado su instrucción. Los éxitos de la escuela facilitaron la incorporación de alumnas mejor capacitadas, por lo que las enfermeras de Nightingale comenzaron a crear sus propias escuelas de enfermeras. Esto se extendió a otros países como Australia, Canadá, India, Finlandia, Alemania, Suecia o Estados Unidos, donde Linda Richards, la primera enfermera formada de América, fue amadrinada y entrenada por la propia Florence. Esto permitió la creación de una red internacional de escuelas que aplicaban el sistema Nightingale. Así, el candil que Florence llevaba consigo durante las noches de guerra pasó a ser el emblema de la profesión, simbolizando, por un lado, la esperanza transmitida a los heridos en Crimea y, por otro, la cultura y el estudio. En 1893, teniendo en cuenta sus declaraciones sobre los deberes de las enfermeras, una comisión del Colegio Farrand del Hospital Harper de Detroit redactó en reconocimiento a su trayectoria el Juramento Florence Nightingale, que tiene su precedente remoto en la medicina y que ha sido adoptado y adaptado por la mayoría de escuelas de Enfermería para tomar juramento a sus alumnos al graduarse. En la Universidad de Navarra, por ejemplo, encontramos la siguiente versión: «Juro solemnemente ante Dios y en presencia de esta asamblea, llevar una vida pura y ejercer mi profesión honradamente. Me abstendré de todo lo que es perjudicial o dañino y no tomaré ni suministraré cualquier sustancia o producto que sea perjudicial para la salud. Haré cuanto esté a mi alcance para elevar el nivel de la enfermería y consideraré confidencial toda información que me sea revelada en el ejercicio de mi profesión, como todos los asuntos familiares de mis pacientes. Seré una fiel asistente de los médicos y dedicaré mi vida al bienestar de las personas confiadas a mi cuidado». Un equipo de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana realizó un análisis documental del pensamiento ético presente en Florence Nightingale usando sus obras y el Juramento Florence Nightingale, tras asegurar que este refleja sus ideas éticas cuando suscribe que una enfermera debe llevar una vida pura y ejercer honestamente la profesión. Asimismo expresa abstenerse de todo lo que sea perjudicial y dañino, y en su libro Notas sobre hospitales escribió: «Puede parecer un principio extraño el enunciar como la primera y fundamental condición de un hospital y de las personas que en él trabajan no dañar; pudiendo ser esta la primera norma deontológica de la enfermería». Según este equipo, en estos conceptos tradicionales de no dañar y hacer el bien podemos encontrar los equivalentes al principio de beneficencia-no maleficencia. Hacer el bien y ser justa eran dos de los principales valores de su código de enfermería. Un ejemplo lo vemos entre las medidas adoptadas en el Hospital Militar en Scutari, en el que los pacientes más graves se colocaban cerca de la enfermería independientemente de su graduación militar y a diferencia de como estaba dispuesto previamente. Asimismo vemos cómo en el juramento está implícito guardar dos principios éticos más: la fidelidad al paciente (entendida como el cumplimiento del compromiso contraído con él), patente en la necesidad de guardar el secreto profesional; y la veracidad, principio de obligatorio cumplimiento aun cuando pueda poner en situación difícil al propio profesional, como en el caso de admitir errores por acción u omisión. A través del análisis de su obra Notas sobre enfermería. Qué es y qué no es, este equipo concluye que las virtudes que se aprecian en Florence y su concepción de la enfermería son la bondad, la honestidad, el sacrificio, la perseverancia, la prudencia, el arte, la inteligencia y la compresión del método científico. Lo que queda claro para todos los autores es la impresionante dedicación que esta mujer profesó a sus enfermos. Si leemos sus cuadernos de notas, encontraremos el secreto de aquel celo con el que consagró su vida a los demás: «El camino para vivir con Dios es vivir con las ideas, no meramente pensar sobre los ideales, sino actuar y sufrir por ellos. Los que tienen que trabajar como hombres y mujeres deben sobre todas las cosas tener un ideal espiritual, que es su finalidad, siempre presente. El estado místico es la esencia del sentido común». Por todo su trabajo, Florence recibió importantes premios, como la Real Cruz Roja, otorgada por la reina Victoria, y la Orden del Mérito del Reino Unido en 1907, siendo la primera mujer en obtenerla. Del mismo modo, su interés por otros campos, como la estadística, le valió ser también la primera mujer admitida en la Royal Statistical Society británica y considerada miembro honorario de la American Statistical Association. En 1908, le fueron otorgadas las Llaves de la Ciudad de Londres. Y en 1912 el Consejo Internacional de Enfermería (ICN) creó la Fundación Internacional Florence Nightingale (FNIF), de la que nació The Florence Nightingale Foundation años más tarde, una entidad educativa que brinda tributo a la memoria de esta dama inglesa. Varios lugares más llevan su nombre: el Museo de Florence Nightingale, que se encuentra en el Hospital Saint Thomas; la Nightingale Research Foundation de Canadá (dedicada al estudio y tratamiento del síndrome de fatiga crónica); la torre más al norte de las Barracas de Selimiye en Estambul (que es ahora un museo en su honor) y cuatro hospitales más de esa ciudad, entre ellos el hospital privado más grande de Turquía. Por otra parte, Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja, reconoció la influencia que tuvo Florence en la creación de la Cruz Roja Británica: «A pesar de que soy conocido como el fundador de la Cruz Roja y el promotor de la Convención de Ginebra, es a una dama a quien es debido todo el honor de esa convención. Lo que me inspiró (…) fue el trabajo de Miss Florence Nightingale en Crimea». De hecho, en 1912 se creó la Medalla Florence Nightingale, constituida por el Comité Internacional de la Cruz Roja, entregada cada dos años a enfermeros por servicios destacados. La Iglesia anglicana la conmemora con un día festivo de su año litúrgico, y varias Iglesias luteranas también la conmemoran el 13 de agosto, junto a Clara Maass, como «renovadoras de la sociedad». Además, en la actualidad se celebran el Día Internacional de la Fibromialgia y del Síndrome de la Fatiga Crónica y el Día Internacional de la Enfermería en la fecha de su cumpleaños. En su incansable devoción por la profesión, Florence quiso poner por escrito todos sus conocimientos. Algunas de sus obras las hemos ido desglosando anteriormente, como su primera publicación en 1859: Notas sobre enfermería: Qué es y qué no es, escrita para toda población general como guía para los cuidados de enfermos a domicilio y que sirvió como base para la creación del programa de estudios de varias escuelas de enfermería, siendo aún hoy un libro de introducción clásico para esta profesión. Este libro fue pionero por muchos motivos. Entre otros, es importante entender que apareció en una época en la que apenas existían reglas de la salud general, en la que los hospitales estaban plagados de infecciones comunes y en la que las enfermeras eran personas sin educación alguna. Otros títulos fueron Notas sobre hospitales y Notas en cuestiones que afectan la salud, la eficiencia y la administración hospitalaria del Ejército británico; pero, además, tiene unas 200 publicaciones entre libros, reportes, panfletos, informes y opúsculos, que tuvieron importantes repercusiones en la sanidad militar, la asistencia social en la India, los hospitales civiles, las estadísticas médicas y la asistencia a los enfermos. Hasta sus 80 años, escribió entre 15.000 y 20.000 cartas a sus amigos, partidarios y críticos, cartas convincentes y directas que transmitían sus creencias, sus observaciones y su deseo por cambiar la atención sanitaria y la sociedad. Poco después de regresar a Inglaterra, Nightingale vio cómo una enfermedad contraída en Crimea (para algunos brucelosis, para otros fiebre tifoidea o fiebre de Crimea) la obligaba a postrarse en cama casi el resto de su vida, lo que la impidió continuar con su trabajo como enfermera y la deprimió seriamente. Sin embargo, a pesar de sus dolencias, permaneció productiva en el área de la reforma sanitaria, realizando trabajos pioneros en el campo de la planificación hospitalaria hasta los 80 años, cuando se quedó ciega. Diez años más tarde, el 13 de agosto de 1910, Florence Nightingale murió en South Street (Park Lane) y fue enterrada en la iglesia de St. Margaret, en East Wellow, Hampshire, cerca de Embley Park. Como recuerdo de esta gran mujer nos encontramos varias estatuas y representaciones, entre las que destaca, en Waterloo Place, Londres, el Monumento Conmemorativo a la Guerra de Crimea, en cuyo centro, a la izquierda, observamos una estatua de Florence Nightingale. Asimismo, se conserva una grabación fonográfica de 1890, preservada en la British Library Sound Archive, en la que de viva voz escuchamos, entre otras frases, esta: «Cuando ya no sea ni siquiera una memoria, tan solo un nombre, confío en que mi voz podrá perpetuar la gran obra de mi vida». Para terminar, al igual que Alex Attewell, nos hacemos eco de las palabras de Benjamin Jowett, que serán siempre un conmovedor recuerdo de la labor de Florence Nightingale: «Usted despertó sentimientos románticos en muchas personas hace 23 años, de regreso de Crimea […] pero ahora trabaja en silencio y nadie sabe cuántas vidas salvan sus enfermeras en los hospitales, ni cuántos miles de soldados […] están vivos gracias a su previsión y a su diligencia, ni cuántos indios de esta generación y de las generaciones venideras habrán sido preservados del hambre y de la opresión gracias a la energía de una dama enferma que apenas puede levantarse de la cama. El mundo lo ignora o no piensa en ello. Pero yo lo sé y a menudo pienso en ello».
FLORENCE NIGHTINGALE

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